Recuerdo mucho de cuando era niña —mis muñecas, mis gatos, mis buenas amigas. Mis aventuras en el colegio. Cómo me acurrucaba con mi madre en la cama. Era viva. Lloraba y reía.
Normal.
Fue en la preadolescencia que todo se vino abajo. Las paredes que hasta entonces me habían protegido se derrumbaron. La conmoción me desajustó. El desespero se unió con una confusión de espíritu y me cayó una depresión que no me quiso soltar. ¿De dónde venía? ¿A qué se debe este dolor? No lograba comprenderlo. La tristeza se convirtió en rabia. La rabia se convirtió en ira y la ira se convirtió en vacío.
No podía relacionarme con los niños de mi edad, con sus gustos, con sus sueños; era como si habláramos idiomas diferentes. Me sentía extraterrestre, forastera en mi propio cuerpo. Algo en mí no encajaba. Los chicos, las fiestas, la escuela, el futuro —ya todo eso me daba igual.
A nadie le conté nada.
Ese fue mi error #1. Porque mi ser había caído, y yo estaba muy débil como para levantarlo por mi propia cuenta.
Vivir se había vuelto insoportable. Odiaba el mundo, las cartas que me barajó el destino, el ser humano que habitaba en mí. Aborrecía la mañana; la luz del sol me hastiaba. Todo me enfurecía. Las llamas me empezaron a consumir. Quedaba escapar o morir.
Escapé sin percatarme de lo que dejaba atrás. Sin maletas ni plan, sin una meta. Mis ojos vieron el camino y me eché a correr. Huí al Paraíso. A un mundo moldeado a mi imagen y conveniencia carente de sufrimiento. Un mundo que me ofrecía lo que la vida se empeñaba en negarme. Un mundo con varita mágica, donde la trama tenía libreto y yo manipulaba cada letra.
Pero escaparme me costó bien caro, y la vida se aseguró de pasarme la factura.
Escaparme a mi propio mundo fue mi error #2. Porque la ilusión se convirtió en realidad y la realidad se distorsionó.
Salir al mundo real me incomodaba. Me martirizaba. Me provocaba paranoia, manías, temores. Mi mente no sabía cómo manejarse en él; ya no lo toleraba, no se adaptaba. Tenía que salir disfrazada. Simulando que estar allí me importaba, que escuchaba lo que se me comunicaba. Que no maldecía cada segundo. Que veía blanco, cuando en realidad todo lo veía negro.
El disfraz me quedaba a la medida. Nadie nunca pudo ver el vacío que llevaba por dentro. Nadie nunca pudo ver que mi mente estaba quebrada. Nadie nunca pudo verme paralizada, atascada en un limbo sin salida.
Pretender ser normal fue mi error #3. Porque cuando nada está roto, nada se repara.
A veces todo oscurece y el aire me empieza a faltar, y me pregunto si llegué al final del camino. Pero a veces la vista se enfoca y veo una brisa volar frente a mí. Me empujo a respirar la brisa, evitando el siguiente error.

