Una noche mi abuela fue a emergencias por un problema de salud. Muchos no auguraban que saliera de allí con vida. La vi a través del cristalito de la puerta del cuarto donde la tenían y desde allí le pedí a Dios que si la dejaba vivir la trataría mejor.
Es que mi condición siempre me ha causado irritabilidad. Es como una llama encendida que al echarle gotitas de aceite se enciende más. Con los años he aprendido a dominar mis arranques. Pero en mi juventud esa llama se salía de control y quemaba a la gente que más me quería.
Mi abuela vivió dos años más después de aquella noche en el hospital.
Al principio la traté bien. Pero cuando todo regresó a la normalidad empecé a tratarla igual a como la trataba antes de la “promesa”. He mirado hacia atrás preguntándome si los buenos momentos superaron los malos, si la hice feliz a pesar de mis arrebatos. Me viene a la mente una vez que estaba con ella en la sala de la casa, me puse mi hámster en la mano y le hablaba a mi abuela haciendo gestos con la mano, mientras el animalito seguía en mi mano todo perdido. Mi abuela se rio a carcajadas con mi ocurrencia.
Pero no me vienen a la mente más recuerdos. Los malos me nublan los buenos. Mis exabruptos. Mis estallidos. Esos son los momentos que llegan a mi mente.
En sus últimos días le fallé, y esa culpa la he cargado como una maldición.
Me han dicho que si ella estuviese hoy delante de mí me perdonaría, me diría que pase la página y sea feliz. Lo sé muy bien. Sé que me perdonaría. Sé que entendería. Pero su perdón no borraría el daño que le causé en vida. Su perdón no retrocedería el tiempo para darle la felicidad que se merecía, para hacer de su vida en la tierra una más placentera.
Siempre pensé que la culpa me seguiría hasta la tumba y que no hay nada que yo pueda hacer para aliviarla.
En estos días, sin embargo, por cuestiones de mi propia salud, estuve reflexionando seriamente sobre mi vida. Esto me llevó a leer sobre el perdón, porque me di a la tarea de perdonar gente que me ha hecho daño (para mi beneficio emocional). Aconsejan ponerse en el lugar del que te lastimó y preguntarse ¿qué tal si yo hubiera vivido sus experiencias, habría actuado igual bajo las mismas circunstancias? Si de errores se trata, ahí sí que soy una experta, así que no se me hace difícil ponerme en los zapatos de alguien que ha cometido los suyos. Los expertos nos recuerdan que todo ser humano hace lo mejor que puede según sus circunstancias.
El pasado no se puede borrar, a veces ni siquiera se puede enmendar. Pero así como perdonar a alguien que te ha ofendido no es para beneficio del ofensor, perdonarse a sí mismo no es para benefició del ofendido. Mi abuela no tiene que perdonarme (aunque sé que lo haría). El perdón es para sanar mi herida.
Perdonarme a mí misma es algo en lo que jamás pensé, hasta que me tocó aprender a perdonar a otros. Tal vez simplemente no estaba preparada para considerarlo. Y es que cada cual recorre este camino a su propio paso. Todavía no me he perdonado, sanar heridas es un proceso complejo. Lo importante es caminarlo, paso a paso.

