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  • EL HOMBRE QUE ME ENGENDRÓ

    «No hace falta», le dije a mi padre la tarde que lo conocí por primera vez, veintiún años después de haberme abandonado.

    Se había ido del país meses antes de yo nacer y ahora regresaba porque su padre se encontraba en etapa terminal. Esa tarde se sentó en el sofá de la sala a explicarme por qué se marchó de mi vida y jamás se ocupó de mí. Seguramente la conversación le atemorizaba. A mí me atemorizaba mucho más.

    Tal vez pensó que aquel no hace falta era porque ya lo había perdonado. Pero la verdad es que no lo quería escuchar porque el contacto me incomodaba. Obviamente me asustaba hablar por primera vez con el hombre que me había engendrado, pero mi condición mental multiplicaba ese susto. Hubiera preferido mejor que la tierra me tragara.

    Pero más allá de mi condición, el encuentro me resultaba una pérdida de tiempo.

    Mucha gente que experimenta el abandono de sus padres anhela conocerlos, tal vez para conectarse con ellos, algunos para reprocharles. Pero esa necesidad yo nunca la tuve. Las explicaciones de mi padre no me valían. Yo sabía por qué nos había abandonado; conocía de su rebeldía y de sus irresponsabilidades, de sus locuras. No me interesaba escucharlo de sus labios.

    Jamás se lo dejé saber, pero su existencia me era totalmente indiferente. Nunca sentí conexión con él. Siempre lo llamaba por su nombre en cualquier conversación que saliera a relucir. Decir «mi padre» es algo que no me nace. Ni lo quiero ni lo odio, es que ni siquiera lo pienso. Me pregunto por qué. Por qué nunca deseé tener un padre en la casa. Por qué nunca me interesó el mío. Por qué nunca capté la realidad de que allá afuera había un hombre al que le debía mi apellido, un ser de carne y hueso al que le debía mi existencia. Hasta hoy no he encontrado la respuesta. Pero en honor a la verdad, nunca la he buscado.

    Mi padre ya no está en este mundo.

    Alguna que otra vez me he arrepentido de que no se achicara la distancia entre nosotros. Fue una de las tantas relaciones que desaproveché por culpa de mi condición, una de las tantas situaciones en que mi condición pudo más. Ya no hay nada que hacer. Pero mi padre nunca me buscó adrede, y yo nunca he sido de rogar por el amor del que no me quiere.

    Mi padre me abandonó tres semanas antes de yo haber nacido. Quién sabe si pensó en mí con arrepentimiento, si mi recuerdo le causó algún sufrimiento. Quién sabe qué buscaba su corazón, qué movía su alma. Supongo que vivió intentando navegar y salir a flote en su mundo. Mientras yo intentaba navegar y salir a flote en el mío.

    03/06/2019
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  • LO QUE NO SE ENMIENDA

    Una noche mi abuela fue a emergencias por un problema de salud. Muchos no auguraban que saliera de allí con vida. La vi a través del cristalito de la puerta del cuarto donde la tenían y desde allí le pedí a Dios que si la dejaba vivir la trataría mejor.

    Es que mi condición siempre me ha causado irritabilidad. Es como una llama encendida que al echarle gotitas de aceite se enciende más. Con los años he aprendido a dominar mis arranques. Pero en mi juventud esa llama se salía de control y quemaba a la gente que más me quería.

    Mi abuela vivió dos años más después de aquella noche en el hospital.

    Al principio la traté bien. Pero cuando todo regresó a la normalidad empecé a tratarla igual a como la trataba antes de la “promesa”. He mirado hacia atrás preguntándome si los buenos momentos superaron los malos, si la hice feliz a pesar de mis arrebatos. Me viene a la mente una vez que estaba con ella en la sala de la casa, me puse mi hámster en la mano y le hablaba a mi abuela haciendo gestos con la mano, mientras el animalito seguía en mi mano todo perdido. Mi abuela se rio a carcajadas con mi ocurrencia.

    Pero no me vienen a la mente más recuerdos. Los malos me nublan los buenos. Mis exabruptos. Mis estallidos. Esos son los momentos que llegan a mi mente.

    En sus últimos días le fallé, y esa culpa la he cargado como una maldición.

    Me han dicho que si ella estuviese hoy delante de mí me perdonaría, me diría que pase la página y sea feliz. Lo sé muy bien. Sé que me perdonaría. Sé que entendería. Pero su perdón no borraría el daño que le causé en vida. Su perdón no retrocedería el tiempo para darle la felicidad que se merecía, para hacer de su vida en la tierra una más placentera.

    Siempre pensé que la culpa me seguiría hasta la tumba y que no hay nada que yo pueda hacer para aliviarla.

    En estos días, sin embargo, por cuestiones de mi propia salud, estuve reflexionando seriamente sobre mi vida. Esto me llevó a leer sobre el perdón, porque me di a la tarea de perdonar gente que me ha hecho daño (para mi beneficio emocional). Aconsejan ponerse en el lugar del que te lastimó y preguntarse ¿qué tal si yo hubiera vivido sus experiencias, habría actuado igual bajo las mismas circunstancias? Si de errores se trata, ahí sí que soy una experta, así que no se me hace difícil ponerme en los zapatos de alguien que ha cometido los suyos. Los expertos nos recuerdan que todo ser humano hace lo mejor que puede según sus circunstancias.

    El pasado no se puede borrar, a veces ni siquiera se puede enmendar. Pero así como perdonar a alguien que te ha ofendido no es para beneficio del ofensor, perdonarse a sí mismo no es para benefició del ofendido. Mi abuela no tiene que perdonarme (aunque sé que lo haría). El perdón es para sanar mi herida.

    Perdonarme a mí misma es algo en lo que jamás pensé, hasta que me tocó aprender a perdonar a otros. Tal vez simplemente no estaba preparada para considerarlo. Y es que cada cual recorre este camino a su propio paso. Todavía no me he perdonado, sanar heridas es un proceso complejo. Lo importante es caminarlo, paso a paso.

    21/01/2019
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  • aNormal

    Recuerdo mucho de cuando era niña —mis muñecas, mis gatos, mis buenas amigas. Mis aventuras en el colegio. Cómo me acurrucaba con mi madre en la cama. Era viva. Lloraba y reía.

    Normal.

    Fue en la preadolescencia que todo se vino abajo. Las paredes que hasta entonces me habían protegido se derrumbaron. La conmoción me desajustó. El desespero se unió con una confusión de espíritu y me cayó una depresión que no me quiso soltar. ¿De dónde venía? ¿A qué se debe este dolor? No lograba comprenderlo. La tristeza se convirtió en rabia. La rabia se convirtió en ira y la ira se convirtió en vacío.

    No podía relacionarme con los niños de mi edad, con sus gustos, con sus sueños; era como si habláramos idiomas diferentes. Me sentía extraterrestre, forastera en mi propio cuerpo. Algo en mí no encajaba. Los chicos, las fiestas, la escuela, el futuro —ya todo eso me daba igual.

    A nadie le conté nada.

    Ese fue mi error #1. Porque mi ser había caído, y yo estaba muy débil como para levantarlo por mi propia cuenta.

    Vivir se había vuelto insoportable. Odiaba el mundo, las cartas que me barajó el destino, el ser humano que habitaba en mí. Aborrecía la mañana; la luz del sol me hastiaba. Todo me enfurecía. Las llamas me empezaron a consumir. Quedaba escapar o morir.

    Escapé sin percatarme de lo que dejaba atrás. Sin maletas ni plan, sin una meta. Mis ojos vieron el camino y me eché a correr. Huí al Paraíso. A un mundo moldeado a mi imagen y conveniencia carente de sufrimiento. Un mundo que me ofrecía lo que la vida se empeñaba en negarme. Un mundo con varita mágica, donde la trama tenía libreto y yo manipulaba cada letra.

    Pero escaparme me costó bien caro, y la vida se aseguró de pasarme la factura.

    Escaparme a mi propio mundo fue mi error #2. Porque la ilusión se convirtió en realidad y la realidad se distorsionó.

    Salir al mundo real me incomodaba. Me martirizaba. Me provocaba paranoia, manías, temores. Mi mente no sabía cómo manejarse en él; ya no lo toleraba, no se adaptaba. Tenía que salir disfrazada. Simulando que estar allí me importaba, que escuchaba lo que se me comunicaba. Que no maldecía cada segundo. Que veía blanco, cuando en realidad todo lo veía negro.

    El disfraz me quedaba a la medida. Nadie nunca pudo ver el vacío que llevaba por dentro. Nadie nunca pudo ver que mi mente estaba quebrada. Nadie nunca pudo verme paralizada, atascada en un limbo sin salida.

    Pretender ser normal fue mi error #3. Porque cuando nada está roto, nada se repara.

    A veces todo oscurece y el aire me empieza a faltar, y me pregunto si llegué al final del camino. Pero a veces la vista se enfoca y veo una brisa volar frente a mí. Me empujo a respirar la brisa, evitando el siguiente error.

    14/07/2017
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