Algo raspaba la madera, como si fueran las uñas de un ratón, o las uñas de un ser humano. No estaba segura de dónde venía, pero venía de adentro de la casa, de eso estaba segura. Cuando encendí el quinqué la luz me quemó los ojos, y es que los tenía ardiendo del cansancio, todo el cuerpo me ardía, ya hasta me sentía al borde de la mismísima muerte. Busqué por la habitación a ver si veía al ratón que raspaba la madera, pero solo vi cucarachas en el piso y las telarañas de siempre colgando de las paredes. Fui a la sala y busqué por los rincones, busqué por el baño, y cuando llegué al otro cuarto fue que lo escuché más cerca. Pegué la oreja a las tablas del piso y caí en cuenta de que era allí… era allí de donde venía el ruido.
Pero de pronto el ruido se detuvo y escuché otro ruido lejano, afuera, ¿el ratón?, ¿el… el intruso se iba a la huida? Corrí y me puse los tenis, agarré el revólver, lo cargué con las cinco balas que le quedaban y lo metí en el bolsillo de pecho del mameluco azul que llevaba puesto. Abrí el candado del pestillo de la puerta y me asomé hacia afuera, hacia el pastizal oscuro de hierba alta que rodeaba el patio sin verjas. Pero por allí no había un alma, solo una ventolera que se llevaba las pajitas y las hojas marchitas y una peste a sangre descompuesta.
No, también percibí un aroma raro y oí que alguien avanzaba por la lomita solitaria. Dejé el candado en el pestillo y bajé por la lomita, hasta la carretera, una calle hundida en el abandono y la porquería. No vi al intruso. Pero por allá, más lejos, vi tres malhechores observándome desde una ventana del segundo piso de un viejo local; enclenques, jinchos, mugrosos, con una cara de pocos amigos que no auguraba nada bueno. Corté camino por el patio de una casa, esquivando las dos gallinas degolladas que colgaban del cordón de tender la ropa, y salí dando tumbos por un terreno de maleza, mientras escuchaba un zafacón rodando por alguna calle. Volteé hacia la penumbra, notando la sombra de las matas muertas moverse con la brisa. Sombras. Pero por allí tampoco había un alma.
Las manos y las piernas me temblaban y una náusea se me había atorado en la garganta. Pero no era miedo, eran las setenta y siete horas que llevaba sin beber una gota de agua o comer alimento. Seguí por el terreno de maleza aguantando las ganas de soltar un vómito por la boca, cuando de repente resbalé por un hoyo o, eso supuse, y caí en una especie de hueco profundo, embachándome con el agua estancada del suelo forrado de basura y botellas quebradas. Agité la cabeza para despertar del aturdimiento y tanteé hasta encontrar una escalerilla que daba a una puerta redonda de metal en el techo. Enfocando la vista descubrí que estaba en medio de un pasillo largo y oscuro cual boca de lobo, un túnel con paredes negras como de hierro y un olor a puro excremento. Escuché murmullos, pasos que se avecinaban. Subí deprisa la escalerilla y empujé la puerta de metal para salir afuera. La ventolera seguía levantando las pajitas y las hojas marchitas, y ahora los tres malhechores se oían abajo en el túnel, espachurrando las botellas quebradas.
Me alejé por un camino de palmeras secas y vi una propiedad con una verja y el portón abierto, y la puerta trasera de la casucha de la propiedad abierta también. Corrí hacia la casucha y pisé el primer escalón de la escalera de cemento que subía a la casucha.
Pero de la nada, un varón se apareció por la puerta y me detuvo. —Ni uno más —dijo él, apuntándome con una escopeta.

